Urk, el municipio holandés que no se vacuna porque confía en Dios y en el pescado

El centro huele a pescado. Es el aroma inconfundible de los refritos del puesto de langostinos que copa la plaza y que también despacha arenques crudos con cebolla picada. Unos 20 ansiosos, entre vecinos y turistas, hacen cola, animados por un sol poco frecuente, para confirmar el tópico de que este manjar es la delicia más sagrada de Holanda.

También puede que huela a pescado porque Urk es, por excelencia, un pueblo de pescadores. Forastero es el que no posee un barco aparcado en el puerto. Tiene la mayor flota pesquera y la industria más grande de procesamiento de pescado de todo el país. Un monumento recuerda los nombres de aquellos que fueron a faenar al mar del Norte y nunca regresaron. El bullicio en el puerto es constante, y los pescadores mueven sudorosos el género que han capturado de buena mañana.

Este municipio, el más diminuto de la provincia de Flevoland, también tiene una melodía propia: la que emiten las campanas de las innumerables iglesias asentadas en sus 11 kilómetros cuadrados de terreno. Una melodía que ha sonado con frecuencia durante la pandemia porque sus vecinos creen que no hay virus que justifique el cierre de las iglesias, y Mark Rutte no iba a impedirles rezar. Por algo no votan a los liberales, sino a Unión Cristiana, al cristianodemócrata CDA y a los calvinistas ortodoxos del SGP.

“No es que nos creamos mejores en Urk o que no queramos escuchar al Gobierno. Queremos obedecer, pero dentro de los mandamientos de Dios. Hacemos esto por la salvación de las almas de la gente. El contacto ha desaparecido, y no se tiene en cuenta el malestar psicológico del municipio”, argumenta Hessel Snoek, de la iglesia Sionkerk. Escribió una carta a sus feligreses en primavera invitándolos a rezar y el alcalde se negó a intervenir por libertad de culto.

El ministro de Justicia, Ferdinand Grapperhaus, él mismo del CDA, les transmitió otro mensaje: “Pedimos a todos en Países Bajos, incluida la comunidad eclesiástica de Urk, que continúen haciendo un esfuerzo conjunto para combatir el virus”. Los periodistas que fueron a cubrir la reapertura de las iglesias fueron atacados por los feligreses. Uno de ellos, un hombre de 35 años, recibió en agosto una sentencia de 80 horas de servicio a la comunidad por atropellar intencionadamente a un reportero con su coche. Una semana antes, dos hermanos fueron condenados a 150 horas por una agresión a otro cámara.

Los de Urk no confían en la prensa, por lo que es difícil conversar con ellos sobre su rechazo a las vacunas del covid, de la delincuencia y del narcotráfico, o de la investigación aún en curso de un grupo de jóvenes disfrazados con uniformes nazis que simulaban ejecutar con armas de fuego a sus amigos vestidos con traje de prisionero judío en el Holocausto.

Los pocos que responden algo no hacen más que murmurar y renegar enojados de la necesidad de vacunarse porque —aseguran— el covid es una gripe y los de Urk son un pueblo “bendecido, protegido por Dios”. Otros creen que la clave está en comer suficiente pescado para espantar al coronavirus. Eso se lo han dejado claro a los periodistas que se asomaron por Urk estos meses.

En julio, y mientras el resto del país veía multiplicarse los positivos, Urk era una pequeña mancha gris en el mapa de contagios, intocable para el coronavirus. Una investigación del banco de sangre Sanquin mostró a principios de este año que el 38% de los residentes de Urk tenía anticuerpos. “Es notablemente alto y mucho más que el promedio nacional, pero no es suficiente para la inmunidad colectiva”, dijo el investigador Hans Zaaijer en abril.

La iglesia de Sionkerk en Urk, que se negó a cumplir con el protocolo covid. (EFE)La iglesia de Sionkerk en Urk, que se negó a cumplir con el protocolo covid. (EFE) La iglesia de Sionkerk en Urk, que se negó a cumplir con el protocolo covid. (EFE)

La paradoja sigue: casi nadie se hace un test de coronavirus; entre los que se hacen la prueba, pocos dan positivo, y, hoy, con el 80% de la sociedad neerlandesa completamente vacunado, Urk es un punto rojo oscuro, donde pocos quieren la vacuna. Solo un 23% confía en la ciencia, es decir, solo una de cada cuatro personas ha sido vacunada. Es el peor dato incluso de entre los municipios que conforman el ‘cinturón bíblico’ de Holanda. Vacunarse es “una elección libre”, insistió la Junta de Sanidad de Flevoland, que lleva a cabo campañas en redes sociales y centros de salud para motivar a los vecinos a inmunizarse.

La semana pasada, la provincia cerró el centro de test en Urk porque “apenas había entusiasmo” entre la gente. A principios de año, unos jóvenes quemaron un centro en protesta por el toque de queda y protagonizaron las protestas más violentas del país contra las restricciones.

Un 95% de los 21.300 vecinos de Urk va a la iglesia, sea por firme convicción o por apuntarse al ‘hobby’ social más valorado del pueblo. Y lo tienen claro: Dios lo ha predestinado todo y la vacunación manipula el sistema inmunológico y el cuerpo y, por lo tanto, interviene en las acciones del Creador. Otra encuesta confirmó que se trata de la comunidad más eclesiástica del país, con un 98% de integrantes que sigue alguna denominación religiosa.

Imane Rachidi. La Haya (EFE)

En concordancia con los mandamientos cristianos, es un pueblo de familias numerosas, con una de las tasas de natalidad más altas del país. Cada mujer tiene un promedio de 2,6 hijos y hay casi 22 niños por cada 100.000 habitantes, cuando la media nacional es poco más de 11. Más de un tercio de la población de Urk tiene menos de 20 años. Por tanto, abunda la población joven en este municipio extremadamente pobre, con ingresos medios un 16% más bajos que el resto de los hogares de Países Bajos, y con un incipiente problema de alcoholismo y drogadicción.

El alcalde, Pieter van Maaren, ha defendido siempre que Urk “no es presa del narcotráfico”. Cree que el municipio está comprometido con la lucha contra el crimen organizado y la subversión, que es resultado de “la mezcla del inframundo y la sociedad en general”. Pero un informe sobre la imagen de este pueblo de pescadores no logró encontrar la frontera con los bajos fondos del municipio.

Familias enteras están a veces involucradas en el tráfico de cocaína, el blanqueo de capitales, la explotación laboral de trabajadores extranjeros en la industria pesquera y la explotación sexual de mujeres. Los centros de hostelería y juveniles, tanto legales como ilegales, están asociados con actividades delictivas, según la investigación del centro regional centrado en la lucha contra la delincuencia (RIEC). La abundancia del dinero negro y el fácil contacto con el mundo a través de la flota pesquera no ayudan en la lucha contra el crimen.

El aislamiento ha tenido consecuencias genéticas para su población, con multitud de diferentes anomalías hereditarias

Tampoco ayuda la reticencia general de los habitantes de Urk, una antigua isla donde muchos viven como si el pólder aún los alejara de sus compatriotas neerlandeses. Los vecinos hablan su propio dialecto y tienen su propio himno. Casi todos sus residentes son altos, rubios, blancos y de ojos claros. Solo un 4% tiene algún pariente llegado de fuera de Países Bajos, un país un tanto multicultural. Y eso es visible entre los viandantes.

De hecho, el aislamiento ha tenido consecuencias genéticas para la población, con muchas anomalías hereditarias entre quienes casaron a sus hijos dentro de una comunidad donde todos acaban siendo parientes consanguíneos de cierto grado. La hiperostosis cortical generalizada, enfermedad rara conocida como Van Buchen, es frecuente en Urk.

En el pasado, algunos científicos defendían que los nativos de Urk representaban la verdadera raza neerlandesa, lo que motivó varias investigaciones, con polémicos robos de cráneos de las tumbas de la isla para estudiarlos y comparar su tamaño con el resto de la población. Uno de los científicos se fue de la localidad en 1877 con varias calaveras ocultas en su equipaje. En 2010, los restos humanos fueron devueltos a Urk en una gran ceremonia y con servicio religioso incluido, después de años de batalla legal a la que puso fin un comité ético.

Las mediciones de cráneos, que siguieron hasta los años treinta del siglo pasado, no arrojaron luz sobre las peculiaridades de las gentes de Urk. Pero si el coronavirus tampoco se atreve con ellos, pese a la ausencia de vacunas, muchos holandeses pensarán que algo debe de tener este lugar. ¿Quizá sí sea el pescado?

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